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Número:50 | Fecha: Julio-Agosto 2006
 




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Escuelas privadas y la nueva clase política

 

 
José García Sánchez

El reclutamiento de los políticos en México lo determina la escuela en la que estudiaron. Por muchos años la Universidad Nacional Autónoma de México fue el semillero de los políticos en México.

 

Los políticos podían estudiar primaria, secundaria e, incluso la preparatoria en el Cristóbal Colón, Colegio México, Lasalle o la Iberoamericana, pero la preparación universitaria la realizaban en la UNAM o en el Instituto Politécnico Nacional.

 

A partir de 1968, la violencia social se convirtió en el pretexto para que universidades privadas irrumpieran en la vida académica del país.

 

Las escuelas de enseñanza superior privadas empezaron a atacar la escuela pública con un factor determinante: confianza.

 

Los periódicos con avisos oportunos permitían anuncios de empresas fantasma que unas rechazaban, de entrada, a los egresados de la UNAM. Cuando los interesados acudían a otras de esas ofertas de empleo, esas empresas nunca se localizaban.

 

Se presume que los anuncios fueron colocados por escuelas privadas.

 

En ese tiempo, nadie que se dijera bien nacido querría que su hijo o hija asistieran a una escuela donde pedieran morir asesinados por el gobierno, o violados en los extensos campos de Ciudad Universitaria, o participar en una huelga o, menos aún, ser parte de un paro estudiantil.

 

En cambio, las universidades privadas surgían con programas que apuntaban hacia la internacionalización del conocimiento.

 

Se asociaron con más de un medio de comunicación para que a cambio de espacios comprados destacaran en su información las noticias que desgastaran a la escuela pública. El miedo de los padres sobre la seguridad de sus hijos llevó las universidades privadas a hacer el negocio de su vida.

 

Paralelamente a esta situación el Estado pudo darse cuenta de que la universidad pública se convertía en caja de resonancia de las actividades políticas. En una conciencia crítica que el gobierno no resistiría por mucho tiempo y éste debía doblegar ante el peligro de perder sus privilegios.

 

La necesidad de reducir matrícula en las escuelas públicas con el pretexto de adelgazar su presupuesto dio un mayor margen de captación del estudiantado a las universidades privadas.

 

Se habla desde hace varios años de la desaparición de carreras con el pretexto de que son incosteables por el número reducido de alumnos en los últimos semestres, pero también se dijo que las carreras saturadas dejarían de admitir alumnos mientras los egresados de éstas obtenían trabajo y se despejaba el mercado laboral para ellos.

 

Las protestas legítimas de los estudiantes no lo permitieron. Pero estas mismas protestas sirvieron tanto a las autoridades universitarias como a las escuelas privadas para demostrar, una vez más lo peligroso que era que los hijos de familias decentes perdieran el tiempo en la escuela o bien fueran confundidos con otras clases sociales inferiores.

 

Al gobierno no le convenía desde ese entonces un egresado con conciencia política atento a la función social de su aprendizaje y preocupado por aplicar su conocimiento en la comunidad. Era necesario restringir su acceso, colocar tamices en todos los ámbitos de la universidad para depurar el estudiantado. De ahí que se haya propuesto en la UNAM el alza a la inscripción, los pagos, los exámenes, etcétera.

 

Los políticos en funciones provenían no sólo de la educación pública sino de diferentes estratos sociales, desde donde tenían una perspectiva más plural de la realidad de país, en cambio, las especialidades académicas han demostrado su incapacidad no sólo para dirigir el país sino para administrar diferentes instituciones descentralizadas.

 

La clase política en México empezaba a ser heterogénea en los últimos años de gobiernos prisitas; es decir había funcionarios jóvenes que eran egresados de universidades privadas y, con una característica importante: con postgrado en el extranjero.

 

Esta especialidad fue el detonante para que tanto en la iniciativa privada como en el sector público las maestrías y doctorados se convirtieran en el ábrete sésamo de los puestos de decisión en el país.

Roderic Ai Camp, en su libro escrito en 1980, Los líderes políticos de México. Su educación y reclutamiento, señala: “También sostengo que la mejor oportunidad de ingresar a la política mexicana y mantenerse en los niveles más altos, en especial a partir de 1950, era cursar estudios de nivel superior en la Universidad Nacional”.

 

A partir de que los presidentes de México dejaron de ser abogados, es decir, a partir de la llegada de los economistas al poder priista, los funcionarios públicos de primer nivel ya no eran del todo producto de la educación pública de México.

 

Ahora podemos apreciar aberraciones importantes como es el hecho de que en el Instituto Federal Electoral de nueve consejeros electorales, sólo uno estudió su carrera en escuela pública, el resto proviene del ITAM, del CIDE o de otras escuelas privadas.

 

El común denominador en escuelas públicas y privadas son los catedráticos. La mayoría de ellos son egresados de universidades públicas, tanto en instituciones públicas como privadas; sin embargo, han sido absorbidos por programas muy definidos y, sobre todo por su necesidad individual. De tal suerte que en lugar de ser un equilibrio entre el pensamiento empresarial y el pensamiento crítico, se convierten en parte del primero.

 

La individualidad a la que conduce la competencia por el poco número de plazas en el magisterio, es un factor importante en la práctica educativa de México, en todos sus niveles.

 

El nuevo miedo social que consiste en perder el empleo, el terror que infunde la derecha con represiones propias de un régimen militar como sucedió en San Salvador Atenco, la inseguridad laboral, los bajos salarios, son parte del terror de un régimen que quiere amedrentar a la población. El trasfondo es colocar a la ciudadanía en no votar o, en caso de hacerlo, votar por la derecha, que es el camino recorrido hasta ahora en el país.

 

Lo demás forma parte de un proceso de experimentación donde se infunde temor a lo nuevo y, por lo tanto a la evolución.

 

Ahora de nuevo, como siempre ha sucedido se difunde que la confianza es lo conocido, la desconfianza, la inseguridad y el peligro está en lo nuevo, en lo desconocido.

 

 

Año 5 Num. 50 Fecha de publicación: Jul-Ago de 2006

 


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